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Fe y Acción: Un legado Salvador


 

Había trascurrido mucho tiempo, siglos, desde que el Apóstol Santiago bendijese con su presencia y su predicación las tierras de la mítica reina Lupa hasta que en torno al año 818 un anacoreta, llamado Pelayo, dijese que había visto un resplandor especial, un campo de estrellas (Compostela) en el bosque de Libredón, donde excavaciones arqueológicas posteriores descubrieron un antiguo cementerio romano. Pelayo se lo comunicó a Teodomiro, obispo de Iria Flavia que acudió al lugar, donde encontró una sepultura con una losa de mármol que tras examinar dijo ser del Apóstol Santiago. La noticia se extendió como la pólvora y se vio reforzada por una leyenda, una tradición que hablaba de la estancia de Santiago el Mayor, hermano de Juan Evangelista, en Hispania.

 

El Apóstol tras predicar el Evangelio en la Península Ibérica, se marchó a Palestina. En torno al año 40-44 fue decapitado en Jerusalén por orden de Herodes Agripa. Según se cuenta, sus restos llegaron milagrosamente en una nave al puerto de Iria Flavia (actual Padrón).

 

El obispo comunicó el hallazgo a Alfonso II «el Casto» y éste viajó con su familia desde Oviedo para visitar la tumba de Santiago. La Corte asturiana pronto comprendió la trascendencia de este hecho, a la vez que tomaba conciencia de la importancia religiosa que tenía en ese momento en el que los musulmanes traspasaban las fronteras, arrasaban los campos y castigaban a los cristianos. Entendieron la relevancia política que esto conllevaba y los beneficios económicos que podía reportar, a la vez que fortalecía los lazos religiosos, políticos, culturales y comerciales entre los distintos Reinos. Miles de fieles querían visitar y ver la reliquia del Santo. La Ruta Jacobea, el Camino de Santiago, estaba en marcha con el apoyo de Roma, con el agrado del rey Alfonso VII y con el visto bueno de la poderosa Orden de Cluny.

 

Su milagrosa aparición en la Batalla de Clavijo, montado en su caballo, llevó al triunfo de los cristianos. Desde entonces se le conoce como «Santiago Matamoros».

 

Los peregrinos llegaban desde cualquier punto de la Península y de otros lugares de «Europa». Tras la Primera Cruzada (1095) Santiago coge fuerza y se convierte en el centro neurálgico que aglutina las fuerzas contra el invasor, es el centro preferido de los peregrinos, relegando a Jerusalén y a Roma en número de fieles.

 

Para llegar a Compostela y vivir una experiencia única sólo había que mirar al cielo y seguir el camino de las estrellas, «la Vía Láctea». Un camino mágico pero real que pasados los siglos sigue cautivando al viajero actual. Donde ayer y hoy son en el corazón del peregrino una sola realidad; donde la Cruz, la calabaza y la vieira son señas de identidad de un ciudadano universal que la vida y obras del Santo desea encontrar para su fe alimentar. El camino la vida del peregrino marca, para la posteridad en su corazón y en su memoria un grato recuerdo guarda.

 

Hombres de poca fe, con intenciones veladas, con mucha prisa y poca pausa, se propusieron con saña quitar del calendario esta fiesta tan señalada de algunas zonas de España, olvidando que desde 1630, siendo rey Felipe IV, el Papa Urbano VIII decretó que fuese único Patrono de la Patria. Como escribió Francisco de Quevedo: «Dios hizo a Santiago, Patrón de España, que no existía entonces, para que cuando llegue el día pudiera interceder por ella y volverla otra vez a la vida con su doctrina y con su espada».

 

Los méritos y virtudes de este poderoso jinete llevaron a que el 20 de julio de 1846 se designase al Apóstol Santiago Patrón del Arma de Caballería.

 

Desde la ermita más humilde hasta la catedral más fastuosa, el tañer de sus campanas, a los cuatro vientos tu nombre proclaman. Santiago, Sant-Yago, San Diego y San Jacobo te llaman. Porque no sólo eres gallego; eres castellano, aragonés, catalán, […] vasco y manchego. Eres el protector, el intercesor ante nuestro Divino Señor. Eres el Santo Varón que con su espada el camino de la victoria ante el infiel nos indicó, el que nos enseñó el valor de la unidad cuando se lucha con fe, valentía y decisión. Fe y acción son el legado que Santiago nos dejó y serán los pilares del valeroso soldado español.

 

Las Órdenes Militares (Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa) hoy un poco adormiladas y calladas tus enseñanzas vigilaban, a la vez que en sus trajes la cruz bordaban para orgullo del que la portaba, para tranquilidad y sosiego del que desde fuera miraba.

 

Hoy el enemigo se asienta cerca de nuestras casas, se disfraza bajo la falsa tolerancia y la sonrisa velada, acampa a sus anchas como cáncer escondido que la sorpresa, convertida en metástasis, para el futuro guarda. Ante tanta patraña nos sentimos indefensos y olvidados, y por eso nos preguntamos:

 

¿Dónde está el espíritu guerrero de los que antaño defendieron la Verdadera Palabra? ¿Qué queda de los que con arrojo y valentía protegían las tierras cristianas? ¿Dónde está el valeroso centauro legendario? ¿Tenemos que creer en las profecías donde se habla de la aparición del Caudillo del Tajo, el soldado elegido que protegerá, defenderá y salvará nuestra Patria?

 

 Tu Himno cantamos con pasión, pidiendo tu ayuda y bendición:

 

Santo Adalid, Patrón de las Españas;

 

Amigo del Señor;

 

Defiende a tus discípulos queridos,

 

Protege a tu nación.

 

Santiago, danos fortaleza, danos templanza, serena nuestra mirada, calienta nuestra alabarda, ilumina su trayectoria en el fulgor de la batalla, para que nuestra Fe salga fortificada y nuestra cultura quede garantizada, para que todo el mundo recuerde que fue la religión, la fe cristiana, la que trajo la unidad, la grandeza y la libertad a estas tierras hispanas.

 


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